
A partir de los contornos del pretérito barrio de Palermo, que hoy abarca cónclaves tan diversos como Palermo Botánico, Las Cañitas, Palermo Coppola, Palermo Boulevard, Palermo Hollywood, Palermo Soho, Palermo Nuevo, Palermo Sentimental, Villa Freud, Palermo Rojo, Palermo Vivo, Chacalermo o Palermo Dead, Palermo Queens y Palermo Rosa, entre otros, se gesta en la urbe un fenómeno sin precedentes, exquisitamente enmascarado y de una efervescencia atragantante.
Palermo tiene incluso su valle y centenas de restobares con nombres tan cándidos e injustos como Punto y Banca, Libélula, La Alhambra de Ismael, Pigmalión, The Barrio, Elvira Hancock, Enfundá la Mandolina y, por supuesto, El Parrillón sobre Libertador (que es casi igual a El Parrillón de Almagro, pero este último no está en Guía Óleo).
Es que lo significa aquí no puede entenderse con los mismos parámetros que en el resto de los barrios. Casi seguro que un negocio (aquí tienda) se llamará Bolivia! pero no por regionalismo, xenofilia o doctrina, sino que se busca la licuefacción de sabores entre un término tan tránfuga y achaparrado y un remerón que no puedo pagar porque ha sido terminado con manchas de champagne de los Países Bajos.
Como es de esperarse, la tierra elegida tiene su propio idiolecto. “Fusión”, “bistró″, “soldes”, “de autor”, “freelancer” y, claro, “palermitano” configuran el principio de todas las cosas allí.
Eso no es todo. Palermo es, por supuesto, adulterada cuna de todo tipo de intelectuales, nuevos cines argentinos, iniciativas 2, 3 y hasta 4.0, revistas urbanas con flash, artistas del branding y platos con ingredientes que ocupan más espacio en el papel que en el plato. Si camino por estas intolerantes calles no me queda más que toparme con “pendeviejos” o “viejipendejos”, es indistinto porque no puedo distar a unos de otros, todos con zapatillos en dólares el cordón y en euros la puntera, todos con un emprendimiento más o menos anodino que siempre ensalada diseño con gastronomía con internet con vinos con indumentaria.
Si todos los espacios son puestas para quedarse, todos los escenarios sirven para ejercitar la abulia y los instantes para renegar del valor de hacer algo si es que no se hace con un buen ornamento.
Palermo tiene su propio volumen en contra, que como corresponde se vende en La Boutique del Libro. Y hasta invitan a sumarse al grupo en Facebook “Odio a los mozos de Palermo Hollywood”.
Esta manifestación de la quebradiza vanguardia no es ajena al resto del mundo ni tampoco a mí. Por motivo de cierta entrevista a cierta actriz para cierta publicación me encontré errando El Último Beso y, entre sus fotografías, dermis bronceadas, vinos espumantes y estéticas del dulce mal gusto, encontré lo que a mi gusto es Palermo: una torre de bombones y golosinas que excitan la angurria pero no pueden curarla.
Igual la limonada parecía rica.