Primavera jugosa y en fuga

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Que llegue la Primavera no es un evento resaltado en mi agenda no por alérgica sino por alelada, pero esta semana, en el medio de un agite de cambio climático quise salir a tomar la fresca y soltarle cosas al mundo. Hace unos días me uní al Movimiento Libro Libre en Argentina, concepto que había descubierto antes por BookCrossing. Es muy grandioso: tomás un libro cualquiera y lo liberás aclarándole al nuevo dueño que también debe liberarlo luego de leerlo. El resultado pueden ser cientos de páginas volantes que se dejan leer sólo por un ratito y después se toman el olivo de nuevo. Pero lo quise hacer más o menos sustentable, de modo que el mundo notara la diferencia, ahora que está caliente y somnoliento, porque estas son las cosas que nos mezclan como inquilinos de una misma casa. Fui a comprar un volumen a una librería que no fuese de cadena (por consejo de Ale, mi amiga de El Viaje de Odiseo) y en el camino aproveché para por fin probar los jugos de Pura Vida que estaban de descuento y me llevé uno de maracuyá o mango o durazno o algo tropical que completara el asoleo de este lunes pasado. Me hice con un Dr. Jekyll y Mr. Hyde, que era buena edición porque incluía otros cuentos de Stevenson, y por un rato recorrí plazas y recovecos con algo de verde. Me crucé con un palo borracho que me pareció insuficiente, en la voz del libro aclaré que querría volar luego de ser leído, y seguí caminando. Había algunas pistas en el camino, como puntos con gatos o esquinas sin salida pero eran poco convincentes. Me pasé un buen rato de lunes buscando un acertado acantilado para que el compañero se largara a volar. El martes no hice nada pero ya me estaba apegando. Después se me ocurrió largarlo en un vehículo para que ya se soltara con envión, pero me daba cosa que alguien se diera cuenta de que el libro era mío y me lo devolviera y se rompiera el encanto. Finalmente, lo abandoné con lamento en una escalera que subía y que lo hacía cada vez más pequeño. Si alguien lo tiene, que me lo devuelva; ¡todavía era muy pichoncito!

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Cómo llevar la calle en un puño

Walk
Me molesta la gente que camina por la calle como si tal cosa, como si fuera un mero deambular, como si a una cosa la llevaran en flete, como si tuviera que ir inerte, insensata, estúpida.

Miren lo que hago yo cuando voy por la calle para adueñarme de ella:
- Siempre llevo alguna prenda con cuello o volatilidad en la parte trasera. Si es una camisa el cuello debe ir hacia arriba, como si fuera una condesa. Y un sobretodo debe ir abierto, como si en cualquier momento pudiera largarme a volar.
- La cosa es caminar rápido, pero no como los que van por Florida, sino rápido como que el mundo viene escuchando un tema de The Strokes y yo ya pasé a Willy de Ville.
- No hay que llevarse a la gente por delante, pero tampoco nadie se merece que lo miremos a los ojos, a menos que sí, que hay que mirar a todo el mundo a los ojos hasta que bajen la vista.
- Si se puede ir comiendo una factura, mejor, porque en general la gente no come porque se siente ancha, rápida o etérea, y en el caso en que yo como no es porque tengo hambre sino porque hay algunas que todavía cuestan menos de 1 peso y hay que tener una en la mano.
- Otra: uno no se puede parar a ver vidrieras como si tuviera tiempo o le interesaran las liquidaciones, uno no las necesita. A menos que cuando nadie se lo espera te ponés a ver ropa de Complot en gran detalle y todo el mundo se maravilla ante lo fabuloso de tu criterio para detener la marcha.
- En caso de existir la posibilidad, hay que cruzar mal la calle pero no como una imprudencia sino como que siempre hay tiempo para que pase uno, así que hay que hacerlo con displicencia como si los autos fueran demasiado lentos o los semáforos abstrusos. (Por favor nadie cruce mal la calle después de leer esto). Si no se puede, entonces hay que cruzar después que todos, como lo hace la realeza.
- La ropa debe acompañar: nunca convienen pollera ni tacos por si uno tiene que largarse a correr al viento o escapar de un chorro.
- También hay que aprovechar las posibilidades de pasar por arriba de las cosas, por ejemplo, si hay explanadas o montículos o si se puede atravesar una manzana por la diagonal en vez de rodearla.
- Ah, otra buena: apoyarse en las edificaciones. La gente en general le tiene miedo a las cosas que toca el resto de la gente, así que como nadie las toca finalmente uno puede reclinarse sobre un cartel y mostrarse dolido porque ya no haya teléfonos públicos.
- Hablar por celular en la calle es una invitación a mi desprecio, salvo que uno hable de algo que despierte sospecha tipo el cambio climático.
- Se puede caminar imaginando que uno escucha un tema de Michael Jackson, si ayuda.
- Ah, ya me acordé: usar un pañuelo o algo que cuelgue por abajo de la cintura, como si en cualquier momento uno fuera a dar un recital con Steve Tyler.
- Me duele cuando escucho lo que habla la gente por la calle y empiezo a conocerla. Prefiero al silencio aunque mienta.
- Si uno se detiene a comprar, que sea rápido y, de preferencia, alguna adquisición misteriosa, como una lapicera Bic.
- Está bueno o llevar demasiadas cosas colgando y enredadas, o bien no llevar nada, ni las llaves, como que uno es demasiado frágil para fragmentarse en objetos.
- No levante mucho los pies del piso, es mejor arrastrarlos como un guiñapo.
- No subestimemos los alcances de sacar la lengua, guiñar un ojo, pasarse la mano por el morro o cubrirse alguna parte de la cara y dejarlo todo librado a la imaginación.
- En la medida de lo posible, hay que evitar caerse. Si ocurre, doblar por una paralela y empezar de nuevo.

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Cobanis de membrillo

vigilante

Hay dos cosas en la urbe que considero subestimadas: los vigilantes de pastelera y membrillo y el embuchar en la vía pública.

Antes que nada, me permito recordar el porqué del nombre de las facturas:

“La misma provocación se supone que llevó a los oficiales panaderos argentinos, imbuidos por el ideario anarquista, a escandalizar al ejército, la policía y a la Iglesia. Parte de la lucha fue nombrar irreverentemente a sus creaciones “cañoncitos”, “bombas”, “vigilantes”, “bolas de fraile”, “suspiros de monja” y “sacramentos”.

Esto lo saqué de una nota donde la autora también se notifica del placer de comer azúcar y masa por la calle.

Claro, porque ayer me compré una pareja de vigilantes – que para ser genuinos tienen que tener tanto amarillo como rojo en su cresta – en Bell Aria (una franquicia panadera que hornea a la vista) y no temí deglutirlos paso a paso, a la par que la caminata me ayudaba a disfrazar las calorías.

Esto es uno de mis “instantes poéticos” (o cuando uno es feliz) porque me encanta saborear un dulce a la manera espontánea que provoca que mi audiencia involuntaria envidie el manjar y la frescura de mi irreverencia grasienta.

Nota al pie: ya no se ven tantos vigilantes pudientes como los de ayer, así que recomiendo rastrearlos en este tipo de panaderías que los lanzan “calientitos” a las bandejas.

Mi dictamen: 8 de 10 inspectores para los vigilones.

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Caerle bien al travesti

shoes

Toda vez que – como seres míticos – uno o más travestis atraviesan mi sendero, me encuentro arrebatada por el deseo frenético de caerles bien; entiendo que mal mirados, mi amistosa displicencia caerá como un bálsamo que me devolverá respeto y gloria.

Pero en ese acto hipócrita para mí y no para los dichosos, encuentra la muerte mi democracia de la incriminación. Además, todos mis chistes terminan con “y era un travesti”.

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