Cobanis de membrillo

Hay dos cosas en la urbe que considero subestimadas: los vigilantes de pastelera y membrillo y el embuchar en la vía pública.
Antes que nada, me permito recordar el porqué del nombre de las facturas:
“La misma provocación se supone que llevó a los oficiales panaderos argentinos, imbuidos por el ideario anarquista, a escandalizar al ejército, la policía y a la Iglesia. Parte de la lucha fue nombrar irreverentemente a sus creaciones “cañoncitos”, “bombas”, “vigilantes”, “bolas de fraile”, “suspiros de monja” y “sacramentos”.
Esto lo saqué de una nota donde la autora también se notifica del placer de comer azúcar y masa por la calle.
Claro, porque ayer me compré una pareja de vigilantes – que para ser genuinos tienen que tener tanto amarillo como rojo en su cresta – en Bell Aria (una franquicia panadera que hornea a la vista) y no temí deglutirlos paso a paso, a la par que la caminata me ayudaba a disfrazar las calorías.
Esto es uno de mis “instantes poéticos” (o cuando uno es feliz) porque me encanta saborear un dulce a la manera espontánea que provoca que mi audiencia involuntaria envidie el manjar y la frescura de mi irreverencia grasienta.
Nota al pie: ya no se ven tantos vigilantes pudientes como los de ayer, así que recomiendo rastrearlos en este tipo de panaderías que los lanzan “calientitos” a las bandejas.
Mi dictamen: 8 de 10 inspectores para los vigilones.




















Hillbilly - Publicado por VICTORIA BEMBIBRE - Powered by