Cobanis de membrillo

vigilante

Hay dos cosas en la urbe que considero subestimadas: los vigilantes de pastelera y membrillo y el embuchar en la vía pública.

Antes que nada, me permito recordar el porqué del nombre de las facturas:

“La misma provocación se supone que llevó a los oficiales panaderos argentinos, imbuidos por el ideario anarquista, a escandalizar al ejército, la policía y a la Iglesia. Parte de la lucha fue nombrar irreverentemente a sus creaciones “cañoncitos”, “bombas”, “vigilantes”, “bolas de fraile”, “suspiros de monja” y “sacramentos”.

Esto lo saqué de una nota donde la autora también se notifica del placer de comer azúcar y masa por la calle.

Claro, porque ayer me compré una pareja de vigilantes – que para ser genuinos tienen que tener tanto amarillo como rojo en su cresta – en Bell Aria (una franquicia panadera que hornea a la vista) y no temí deglutirlos paso a paso, a la par que la caminata me ayudaba a disfrazar las calorías.

Esto es uno de mis “instantes poéticos” (o cuando uno es feliz) porque me encanta saborear un dulce a la manera espontánea que provoca que mi audiencia involuntaria envidie el manjar y la frescura de mi irreverencia grasienta.

Nota al pie: ya no se ven tantos vigilantes pudientes como los de ayer, así que recomiendo rastrearlos en este tipo de panaderías que los lanzan “calientitos” a las bandejas.

Mi dictamen: 8 de 10 inspectores para los vigilones.

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Ahora esto

otoño greco sambuche
Para que estén al tanto.

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¡Abran paso a la toronja!

mandarina
Leo esto en el libro de Narda Lepes:

“Imaginemos esta situación. Vamos caminando por un campo o una granja, tenemos hambre. Pensamos: “qué ganas de comer un chinchulín”. Para empezar, tendríamos que correr a un chancho – que es un animal grande y bastante bravo -, atraparlo, animarlos a matarlo, desangrarlo, faenarlo – algo nada fácil -, sacarle las tripas, vaciarlas, lavarlas, prender el fuego y, finalmente, cocinar los chinchulines.
En cambio, si nuestro apetito nos lleva a los árboles y nos acercamos, por ejemplo, al de las mandarinas, tenemos frutas al alcance de la mano. Con un giro las arrancamos, sin esfuerzo las pelamos y, para nuestra comodidad, ya vienen cortadas en porciones. (…) Entonces, los interpelo desde mi precaria “Teoría de la mandarina”: ¿el sentido común no nos dice que debemos comer mucho de una cosa y poco de la otra?”.

En adelante, se despacha hablando de la relevancia de respetar lo que comemos y de disfrutar las frutillas ácidas y agrias porque todas ellas valen una frutilla suntuosa y riquísima. Además, insiste en la necesidad de un compromiso a la hora de comer: querer elegir lo que consumimos, variar la dieta y ser el cambio que queremos ver en las góndolas.
Me alegra pensar que cada vez que elijo embuchar una cosa por sobre otra (ñoquis industriales en vez de caseros) estoy alterando el mundo.

Otra cosa que me gusta de esta teoría es que con mandarinas se puede hacer esto:
fruit cake

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La convivencia morada

Una de las cosas que hace mucho no hacía es darle de comer a Periquita, que es tortugo. Como era de esperarse, Rufo intervino en la agitación. Abdico con algunos dedos perjudicados.

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" Greco del dia http://twitpic.com/273l3y "