
Foto por kyriazis
Donde yacen todos mis deseos.
Con mis palmas épicamente vaciadas de pecuniarios y en réplica a La Farolera, acierto a escribir acerca de lo que hoy ya es La Gran Crisis de las Monedas. Yo sé que esto a Henry Paulson le importa menos, porque encima no debe viajar en bondi, pero ¿qué car…?
No conforme con negarse a poner tarjeta en el transporte público, también ahora los kioscos, almacenes y dispensarios conforman las trincheras, se niegan a la venta, incineran al capital por dentro, e ignoran todo hambre que no sea el del metálico.
Si ellos son las trincheras, nosotros ciudadanos debemos convertirnos en pequeños asaltantes, embaucadores y mercenarios, haciendo lo a nuestro alcance por que la adquisición de un bombón Marroc y un Sugus de frutilla no resulte demasiado sospechosa al ojo afilado del vendequesos.
Pero esta guerra atañe a todas las esquinas sociales: también hoy se lo hacemos al cafetero, al fotocopista, al criminal y ¡hasta a nuestros propios familiares!
¿A quién debo culpar por mi cólera colectiva?
Pronto deberemos olvidarnos de ver por los binoculares del Planetario, de jugar en las máquinas de peluches y de hacer copias que no sean doble faz. Es una suerte que la inflación nos haya dejado tan pocas cosas que pagar con centavos.
Escucho en todas partes monedas que se ríen de mí, acovachadas, en bolsillos, cajas fuertes o recuerdos, pero nunca voy a alcanzarlas, jamás sentiré de nuevo ese aroma harapiento en mi memoria.
Pronto no podré reírme ni de los mendigos.
Así ocurrió:
Yo: Llevo estos caramelos, por favor y gracias.
Sr. Kiosco: 50 centavos.
Yo: Aquí tiene 2 pesos, buen señor.
Sr. Kiosco: Ah, pero no! ¿Me estás tomando el pelo? ¡Me usan como casa de cambio! No te vendo.
Gruesas manos retiran rasguñantes los caramelos de mis manos, la esperanza de llegar a la casa de estudios a tiempo de mi espíritu.