Una vaca taimada y artera

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Al contrario del bovino estúpido que ridículamente daba leche merengada tal cual describía la canción infantil, los bares y confiterías de Buenos Aires parecen haber criado una bestia de costumbres mucho más ladinas: es casi imposible saborear algún brebaje tibio que no contenga café, té o mate. No me gustan en general las “ínas”, o prefiero el deleite de alguna bebida dulzona y fastidiosa (tanto para mi estómago como para el contrariado mozo que siempre prefiere el cortado con medialunas). Pero resulta que ver una carta típica implica toparse con combinaciones estrafalarias de café irlandés, té oriental o mate telúrico y discretísimas otras letras que promocionen leche en combinaciones que no sean Cindor caliente a más de 10 pesos o un submarino de enemigo chocolate amargo a 15 ó 20.

En más de una oportunidad se me ha despertado un cosquilleo noble ante la posibilidad de una “leche merengada”, una “leche con crema” o alguna otra batida, combinada, creativamente agitada. Y más de una vez el camarero ha pisoteado mi expectativa alegando que no la hacen más o que “tarda mucho, no te conviene, hay que batir toda la crema a mano”. Como mucho, un licuado. Caro y sin garantía de verdad.

En fin, ¿deberé venderme a la final al mejor postor yanqui: al productor de milkshakes, hamburguesas hechas sin pan y con rosquillas, desayunos con tocino y almuerzos con lácteos? ¿Está mi corazón en esta inventiva del inquietante frito?

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Strawberry y cream forever

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Acaso un artificio de la fantasía de un rey, un loco o un dios, las frutillas con crema han tornado en constituir mi postre favorito, con escasísimo margen de error en su provocación ácidocremosa. No son frecuentes los casos en que mi mondongo puede saborear tal ambrosía por alto contenido en grasas y en costo, pero si Tyké una vez más me lo permite como hoy en Trixie Diner, me sosegaré en el sueño eterno.

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La revolución más apetecible

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La tercera parte del raid de degustación de cupcakes en la city se la llevó Che Cupcakes (gracias, tanto como a Lulú!), de la segunda les contaré más adelante.

En esta tercera entrega nos enfrentamos a 6 mini cupcakes que no sólo exploraban el territorio de la base de chocolate, vainilla y del relleno de dulce de leche, sino que desplegaban las más atrayentes y ensoñadas coberturas. No suelo administrar mis consideraciones en términos de favoritos, ránkings ni cielos e infiernos, pero estos cupcakes verdaderamente encarnaban el sentido del dulce apogeo. Lo bueno de éstos no es sólo la alusión al mártir de la revuelta cubana, sino que el adalid de la justicia pueda mezclarse con una masa ciertamente húmeda y sabrosa condecorada con azúcar, bombones y otros riesgos. Se prueba que el mejor tamaño es el diminuto porque no favorece el empalague y, de ser posible, la variedad de gustos y combinaciones para ponerle sazón a una tarde lluviosa. Eso sí, ojo con los peligros: la cobertura de menta es sólo para los aficionados.

El precio es conveniente, la atención es complaciente y de regalo vino un cupcake-imán para la heladera del amateur.

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Cobanis de membrillo

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Hay dos cosas en la urbe que considero subestimadas: los vigilantes de pastelera y membrillo y el embuchar en la vía pública.

Antes que nada, me permito recordar el porqué del nombre de las facturas:

“La misma provocación se supone que llevó a los oficiales panaderos argentinos, imbuidos por el ideario anarquista, a escandalizar al ejército, la policía y a la Iglesia. Parte de la lucha fue nombrar irreverentemente a sus creaciones “cañoncitos”, “bombas”, “vigilantes”, “bolas de fraile”, “suspiros de monja” y “sacramentos”.

Esto lo saqué de una nota donde la autora también se notifica del placer de comer azúcar y masa por la calle.

Claro, porque ayer me compré una pareja de vigilantes – que para ser genuinos tienen que tener tanto amarillo como rojo en su cresta – en Bell Aria (una franquicia panadera que hornea a la vista) y no temí deglutirlos paso a paso, a la par que la caminata me ayudaba a disfrazar las calorías.

Esto es uno de mis “instantes poéticos” (o cuando uno es feliz) porque me encanta saborear un dulce a la manera espontánea que provoca que mi audiencia involuntaria envidie el manjar y la frescura de mi irreverencia grasienta.

Nota al pie: ya no se ven tantos vigilantes pudientes como los de ayer, así que recomiendo rastrearlos en este tipo de panaderías que los lanzan “calientitos” a las bandejas.

Mi dictamen: 8 de 10 inspectores para los vigilones.

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Tropicalia con toques de uranio


En materia de gomas masticables surtidas el Mogul es leyenda y pocos le plantan batalla. No es que sea tan delicioso ni tan irrevocable; es que es único por económico, inmediato, mórbido.
Me entero en una compra furtiva que han lanzado su versión tropical, tanto más inquietante que el clásico y pedestre. A la primera sospecha de azúcar en mi boca comprendo, cariacontecida, que han errado. Y no es que me queje del intenso sabor sintético y perfumista que sólo puedo aceptar con certeza en pastillas provenientes de estados federales norteamericanos, sino porque a todas luces esta corrupción de las telúricas gomas se da no con un saborizante de dulce de leche, sino con frutismos que jamás encontrarán raíz en la Patria. Mi a esa hora insaborida psiquis, no obstante, lo agradece.

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" Greco del dia http://twitpic.com/273l3y "