Casi me muero

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El título del post es una frase que repito siempre, junto con “la puta” y “cuando menos, gracioso”.

Los que una y otra vez entraron a este blog habrán notado que siempre cambia el diseño, eso es porque virtualmente estoy medio loca y nunca me quedo conforme, pero esto en la vida real no pasa. Siempre digo “en la vida real”. Lo del diseño también es porque las cosas me gustan por su envase y si veo algo colorido, lo compro o lo voto. Pero con la gente no me pasa tan así. Aunque mi novio es pelirrojo.

¿Pero por qué siempre regreso al blog? Bueno, me divierte, creo que tengo algunas ideas divertidas, pero lo que me falta es público porque me hago la que sé de comunicación pero después soy críptica cuando digo y nadie entiende por qué en este mismo espacio aparecen fotos de golosinas junto con opiniones sobre Web 2.0. Así soy, no creo que cambie, pero tengo más ganas de dialogar, así que quizás llegamos a algún acuerdo.

A la derecha pueden ver las categorías en las que organizo mis pensamientos, ponele que me gusta opinar sobre cosas que embucho, o reseñar pelis que veo, o cambiar el mundo, o criticar a la gente que no piensa como yo. Más abajo hay ideas de proyectos que pretendo desarrollar próximamente.

Por las dudas, Hillbilly es el blog e idaea es todo el sitio, incluyendo al blog. Dentro de poco voy a escribir una descripción más extensa de qué es este blog para los insaciables, pero mientras tanto extiendo una invitación exclusiva a leer y comentar, puede que no se repita. Igual gracias por venir, estuvo todo muy rico. Ya dije mil veces blog.

La foto de arriba es de un puré que tengo ganas de comer ahora. Me gusta comer y siempre estoy moviendo las piernas y por la calle parezco antipática. Ah, y soy adicta al azúcar en formatos extravagantes.

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Ahora dicen que el colorinche es mundano

Me creen una imbécil. Se piensan que voy a ir hasta Palermo – ¡hasta Soler! – y que voy a comprar una veintena de pesos en alfajorcitos de colores. Sólo porque es bien pedir “macarons”. Y me lo van a envolver en un papel tan rojo como los menúes de San Valentín que tanto deseo me provocan. Y lo peor es que consideran que después voy a llegar a casa y me voy a mandar una combinación de maracuyá, pistacho y gruyere y voy a entender qué es todo esto que vengo haciendo hace casi 9000 días.
En fin, que me va a parecer grato que le pongan En el nombre del postre (y que sean 2.0) y me voy a olvidar después que el cassis me cae mal. Y bueno, que los muffins son ricos. Pero seguro ahí se llaman ‘coolffins’.

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Tienda de antifaces


A partir de los contornos del pretérito barrio de Palermo, que hoy abarca cónclaves tan diversos como Palermo Botánico, Las Cañitas, Palermo Coppola, Palermo Boulevard, Palermo Hollywood, Palermo Soho, Palermo Nuevo, Palermo Sentimental, Villa Freud, Palermo Rojo, Palermo Vivo, Chacalermo o Palermo Dead, Palermo Queens y Palermo Rosa, entre otros, se gesta en la urbe un fenómeno sin precedentes, exquisitamente enmascarado y de una efervescencia atragantante.
Palermo tiene incluso su valle y centenas de restobares con nombres tan cándidos e injustos como Punto y Banca, Libélula, La Alhambra de Ismael, Pigmalión, The Barrio, Elvira Hancock, Enfundá la Mandolina y, por supuesto, El Parrillón sobre Libertador (que es casi igual a El Parrillón de Almagro, pero este último no está en Guía Óleo).
Es que lo significa aquí no puede entenderse con los mismos parámetros que en el resto de los barrios. Casi seguro que un negocio (aquí tienda) se llamará Bolivia! pero no por regionalismo, xenofilia o doctrina, sino que se busca la licuefacción de sabores entre un término tan tránfuga y achaparrado y un remerón que no puedo pagar porque ha sido terminado con manchas de champagne de los Países Bajos.
Como es de esperarse, la tierra elegida tiene su propio idiolecto. “Fusión”, “bistró″, “soldes”, “de autor”, “freelancer” y, claro, “palermitano” configuran el principio de todas las cosas allí.
Eso no es todo. Palermo es, por supuesto, adulterada cuna de todo tipo de intelectuales, nuevos cines argentinos, iniciativas 2, 3 y hasta 4.0, revistas urbanas con flash, artistas del branding y platos con ingredientes que ocupan más espacio en el papel que en el plato. Si camino por estas intolerantes calles no me queda más que toparme con “pendeviejos” o “viejipendejos”, es indistinto porque no puedo distar a unos de otros, todos con zapatillos en dólares el cordón y en euros la puntera, todos con un emprendimiento más o menos anodino que siempre ensalada diseño con gastronomía con internet con vinos con indumentaria.
Si todos los espacios son puestas para quedarse, todos los escenarios sirven para ejercitar la abulia y los instantes para renegar del valor de hacer algo si es que no se hace con un buen ornamento.
Palermo tiene su propio volumen en contra, que como corresponde se vende en La Boutique del Libro. Y hasta invitan a sumarse al grupo en Facebook “Odio a los mozos de Palermo Hollywood”.
Esta manifestación de la quebradiza vanguardia no es ajena al resto del mundo ni tampoco a mí. Por motivo de cierta entrevista a cierta actriz para cierta publicación me encontré errando El Último Beso y, entre sus fotografías, dermis bronceadas, vinos espumantes y estéticas del dulce mal gusto, encontré lo que a mi gusto es Palermo: una torre de bombones y golosinas que excitan la angurria pero no pueden curarla.
Igual la limonada parecía rica.

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