
por Rich Man
Hallábame al atardecer en pos de adquirir bienes de consumo para un ágape nocturno y afable. A pesar de no haber previsto el turbión, busqué refugio bajo el cielo de Coto, si bien asequible, si bien villano. Dicho cielo, nunca más cielo y nunca más negro, también llovía; restábasele lo divino y lo legítimo. Impávida en mis intereses (lo mismo mi relativa), perpetuamos nuestra expedición en busca de lo salobre, y quizás también lo galeno. Habiendo retenido ciertos dones, tornamos la marcha hacia desemejantes lados, todos sumergidos, todos apocalípticos. Así, y a través de los rápidos, acogimos el Fontina, la Barbacoa, los olivos. Enmascarando las aprensiones, nos ahogamos una o dos veces. Las pocas y contratadas convicciones del paraje nos redujeron hacia los subterfugios, ya interceptados por la asnada. Abandonándonos las fosforencias (y por fortunio, las permisibles electrocuciones), los acopios humanos comenzaron a dar lugar al ímpetu y al esbozo terrorista. Nosotras, con agrado, ya desertábamos esa inclemencia de lo cosmopolita bajo capota, no por ello menos pasmosa o parabólica. Peregrinos los Jinetes.