Quién te dice

No necesito ni parpadear para que la cosa tome semblante: del avión que viaja a Sudáfrica se caen Palermo, Romero, el utilero y un par de barrabravas. Cosa del viento, de las corrientes africanas —quién sabe qué ritos hacen los negros todavía—, una desgracia, nos quedamos sin Titán, sin milagro, sin goles de un edificio a otro y sin compasión. Quizás alguien abajo consiga un pie. Qué se le va hace’, el duelo dura un par de días y a entrenar de nuevo. Y no va que en lo más lindo de una práctica Di María se estrangula a lo Isadora con una soga elástica de esas que usan para estirar no sé qué músculo y chau volante, chau goles de media distancia y rabonas impalpables; una lástima: con esas orejas me caía bien. ¿Sabían que Tennessee Williams murió ahogado por un tapón de un frasco de medicamento? Peor aún: Bolatti y Maxi Rodríguez se cruzan de carril cuando intentan descorchar una cerveza solapada y el mismo tapador atraviesa primero el Coco de uno y luego el del otro entrando por sendas órbitas y dejándolos buenos para comentaristas.
Así y contra todo pronóstico el Diego persiste, dice que su cábala no falla, que el Mundial se juega igual, que Mancusso, que los periodistas, que el Goyco. Y no va que Heinze, en todo su esplendor, se queda encerrado en el baño, pasan los días y las semanas, nadie lo extraña y fallece superado por la caquexia y la certeza de que debió retirarse en Atenas 2004. Y bien, que a Tévez lo confunde una tribu swahili y lo destazan por completo, que Messi nunca existió, que a Messi lo hicimos entre todos, que Messi es de papel crepé y plastilina y nadie puede prevenirse su desintegración.
Que Maradona lo piensa, lo mastica, lo escupe y hasta se atiborra con el dilema. A Bilardo: Y bueno, qué nos queda, ponela. La gloria.
Publicado en revista eSe, número 2







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