6 billones de victorias

Imagen por Joe Shlabotnik
¿Cómo sería si me propusiera conocer a toda la gente del mundo?
Primero, debería delinear una cifra estadística de personas, y contratar a un asistente que de acuerdo con los números de la ONU pudiera hacer actualizaciones por segundo de acuerdo con bebés nacidos y personas fallecidas. Este costoso trabajo debería continuarse en forma permanente, sin descanso, convirtiendo al mentado asistente en un personaje borgiano. En todo momento debería poder tener la cifra real de gente presente en el mundo provocada por algún algoritmo poderoso, aunque me costara varios asistentes desaparecidos por la exhaustividad de la tarea. (Esto además facilitaría el trabajo porque serían menos personas en el mundo). El asistente debería saber además cómo hacer buenos sánguches para acompañar los largos trayectos a pie (porque todo esto debería ser sustentable).
Luego debería fijar una serie de objetivos: cuánta gente conocería por año y cuánto tiempo le dedicaría a cada una. Quizás en 4 minutos de charla pudiera entender a cada uno, un poco. Podría tomarles el correo electrónico y después armar una inmensa base de datos para vender Viagra. Claro que una vez fijado el objetivo anual la población mundial encontraría un rápido incremento, por lo cual no me quedaría otra alternativa que incrementar los objetivos exponencialmente o pelear por tasas de natalidad más bajas, ya sea por ley o por enfermedad.
Por supuesto que debería pugnar por conocer a todos, pero algunos serían extremadamente difíciles: ¿cómo haría por caso para arribar a Nicolas Cage, a una tribu amazónica indescubierta o a los que siempre estarían por venir?
Debería también evitar la visibilidad de una empresa de esta envergadura, porque claro aparecerían los eternos enemigos de la victoria, aquellos que deliberadamente buscaran evitarme, se escondieran, se duplicaran, pisaran día tras día mi sombra y mis anhelos, (per)siguiéndome.
Pero es evidente que también debería encontrar una forma de registrar todo esto: o bien en un anotador eterno con hojas que se soltaran a cada paso, o quizás Twitter.
El desgaste de tantas charlas podría volverme muda, la visión de tantos rostros, ciega, y el andar incansable, fornida. Entonces, alguien desconsiderado intentaría escribir un libro sobre mí.
Pero sería una empresa fútil porque al final y en todo esto, en todos los caminos transitados y los pasos recorridos, la única y más grande derrota habría sido encontrarme en un espejo.






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